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Zugunruhe

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Como esas aves que saben que ante un peligro inminente solo se puede migrar, el cuerpo sabe cuándo ha llegado el momento de partir —aun de la tierra elegida, aun de la propia cuna. Pero una vez lejos de casa, sabrá también que nunca habrá partido del todo; que el dolor de la partida y la llegada serán la mismísima argamasa con que habrá de construir su nueva casa, con las mismísimas piedras que pensaba haber dejado atrás al partir.  Como esas aves, como el propio Odiseo en su periplo, la poeta que canta y lamenta y denuncia en estas páginas ha atravesado mares, ha recorrido islas, y sabe que esos mares y esas islas no le garantizan un arribo a tierra alguna segura: solo nuevas preguntas, recuerdos renovados, un lienzo donde lo propio y lo ajeno se teje como una red que será su futuro y su historia.—Mercedes Roffé

Zugunruhe escudriña la fractura que deja en el alma la partida del hogar, de la patria.  En nuestros tiempos, tiznados por la ilusión de control del materialismo progresista, emigrar se vive a la vez como escape y como abandono, como destino inevitable y como pecado al que acosa, en el fondo de la conciencia, un mordaz remordimiento: “…limpiarás mierda. /Venderás a tu Señor por un plato de lentejas, / pero hice mi casa aquí, limpia.”  Desde el futuro, cuando todo para nosotros haya pasado, cuando lo que pase no sea de nosotros, buscarán en las ruinas del recuerdo entender cómo fue posible una convivencia así entre fatalismo y esperanza. Y verán, supongo, que fuimos engañados por un destino ilusorio (“el país de Kerouac no existe”), y quedamos en el centro del mar, sumidos en angustia imperecedera, en zugunruhe: “Fue primero la guerra, /su caballo tramposo en Troya, /luego vino el mar. /Yo no sabía cuán vasto es el mar, / cuántas islas que no son mi isla…”—Francisco Larios

Si el término zugunruhe implica migración y angustia (angustia de movimiento, angustia de estar), el libro de Kelly Martínez-Grandal representa una vuelta de tuerca a este concepto, no porque en él no estén las diferentes formas de la ansiedad: irse, llegar, retornar, volver… como si de aquella famosa instalación de Louise Bourgeois se tratara; sino, porque al movimiento Kelly suma biografía, mirada documental y afectiva, íntima, del que sabe de qué habla. Y para ello no solo ha escrito este libro: pulcro, crítico, con cierto agón narrativo, sino que se ha ido de todos los lugares a la vez que ha retornado a ellos, tal y como hacen las aves cuando las atraviesa el primer frío. —Carlos A. Aguilera